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El fracaso de la banca app y el infierno de una Internet de comparadores

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Durante los últimos años las start ups han configurado un verdadero mercado de innovación para la banca minorista. Bien ofreciendo servicios marca blanca, bien ofreciéndose para posibles compras en vistas a integrarse en el modo de trabajo de bancos asentados en el mercado. Las compras de Simple en EEUU primero y Atom en GB después por BBVA serían el ejemplo más claro de este segundo modo: comprar innovación. Es una respuesta correcta ante lo que parece un nuevo consenso: las apps transaccionales de los bancos no prenden y están perdiendo el tren en un mercado -el del usuario móvil- que ha multiplicado por tres durante el último año el tráfico de datos.

El balance de este tipo de orientación sigue sin embargo siendo negativo para la banca minorista. Seguramente porque a pesar de las esperanzas, por lo general van poco más allá de lo que el usuario hacía ya con su banco. Solo transforman el cómo, mejorando el lenguaje gráfico y la interacción, pero no aportando un nuevo tipo de relación.

Algo parecido ocurre con las apps orientadas a inversión. Betterment, el caso de éxito por excelencia es la unión de un buen interfaz y unos costes transaccionales menores. Y en esa medida, a pesar de los resultados y el crecimiento, lejos de ser un ejemplo ilumina una cierta forma de fracaso pues aboca casi exclusivamente a la competencia en precio sin establecer una relación de nuevo tipo con las entidades financieras y una reconstrucción de la relación afectiva.

La reducción de las finanzas a commodities, asumida incluso por el regulador, promete una extensión del modelo del «comparador» del seguro a la banca, un camino ya emprendido por decenas de start ups europeas y americanas. Pero si en el sector del seguro puede tener en ciertos casos el atractivo de una reducción del poder de los intermediadores tradicionales, en banca no es así. Por eso otra tendencia, especialmente en Alemania, está siendo llevar el modelo del asesor personal al móvil. Lo que obviamente tampoco funciona, igual que filmar obras de teatro no supuso un paso al «cine de calidad» en los principios del cine mudo.

Una tercera vía apunta a la fusión de la transaccionalidad con las pequeñas inversiones: mercados de capital semilla, utilización de la mal llamada «big data» para descubrir relaciones o intereses en clientes… acercándose más a un nuevo tipo de relación que sin embargo no acaba de encontrar su razón moral, afectiva, emocional, entre los inversores/consumidores.

Por eso seguramente la innovación más reseñable se esté produciendo hoy en los márgenes del sistema, en espacios como Kiva o en los grupos de «lending». La innovación no viene en estos casos de la tecnología -bastante deficiente en muchos casos- ni siquiera de las formas de gestión del riesgo. Sino de algo mucho más revolucionario: tienen en cuenta y utilizan el significado de la interacción para el cliente, que invierte en una causa y se siente «mejor» por ser útil a otros entendiendo la utilidad del sistema financiero a través de ahí y estableciendo una relación de pertenencia personal con la marca.

El futuro del valor diferencial seguramente no esté en la movilidad ni en el interfaz, sino en ese sentido de finalidad. Las herramientas ya se construirán adhoc.

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